
- ¿Qué dices? El Chelsea es mucho mejor que el Arsenal.
- Nunca te cansarás de tocarme las pelotas con este tema, ¿verdad?
- No te toco las pelotas, únicamente digo la verdad.
- La verdad es otra -dijo, levantándose del sillón.
- ¿Y cuál es?
Se giró y me miró, poniendo en blanco los ojos.
- ¡Que el Arsenal es mucho mejor que el Chelsea!
- De eso nada -dije, poniéndome de rodillas en el sillón.
Él se acercó y me miró dulcemente.
- Te quiero, pero no te puedo dar la razón en esto.
- No me tienes que dar la razón, simplemente afrontar la realidad.
Él me empujó y me tumbó en el sillón. Yo reí.
Aquella noche la habíamos pasado haciendo el amor y abrazados. Casi no habíamos dormido.
- Hoy es tu último día libre.
- Sí, y he pensado hacer algo especial.
- ¿Qué? -dije, poniéndome de pie en el sillón.
- Sorpresa -dijo, colocándose de espaldas a mí-. Ahora, ¿qué te parece si vaciamos la despensa?
Yo me reí y él me cogió a caballito. Fuimos a la cocina y, sin soltarme, abrió el armario.
- Cereales, mermelada, galletas... ¿Crees que podremos comer todo esto?
- Yo no, pero de ti me espero cualquier cosa. Comes como un cerdo.
Me soltó y me dejó en el suelo, encarándome.
- Tú tampoco te quedas corta.
- Ya, pero al menos yo no hablo con la boca llena.
- ¿Todavía con eso? Tengo que decir lo que pienso rápidamente, sino se me olvida.
- Pues vaya actor estás tú hecho si no te puedes aprender nada de memoria -dije, dándole la espalda para abrir la nevera.
Pronto sentí sus brazos en mi cintura y sus labios en mi cuello.
- ¿Te he dicho hoy que te amo?
- Sí, a partir de las doce cuenta como hoy.
- Joder, se supone que tienes que decir: "No, cariño".
Me giré y le sonreí.
- No, cariño.
- Te amo.
Me besó suavemente, casi con miedo de poder romperme. Cuando se separó de mí hice un puchero.
- Quiero saber adónde me vas a llevar...
- No.
Subió a la habitación y empezó a hacer la cama.
- Porfa... porfavorcito... -dije, poniendo la misma cara.
- Mierda... No hables así...
- ¿Por qué?
- Joder...
- ¿Te molesta que hable así? -pregunté, con ojos de cachorrillo.
- Tampoco me mires así.
- ¿Cómo?
- ¡Raquel!
- Vale, vale... Joder, eres difícil de convencer.
- Lo sé -dijo, con una sonrisilla de superioridad.
Pero aún poseía una de mis armas.
- Aunque, a lo mejor... -me acerqué a él y puse los brazos alrededor de su cuello-. Dímelo...
- Malvada... -me dijo, entrecerrando los ojos.
- Por favor...- continué, mordiendo el lóbulo de su oreja. Le encantaba eso.
- Raquel...
- Rob... Venga, y esta noche tendrás premio...
Noté como se le puso dura al instante.
- ¿Y si no te lo digo?
- Digamos que tendrás que apañártelas solo. Después te saldrán callos.
Él se rió.
- Vale, te lo digo. ¿No te gustan las sorpresas?
- Sí, pero al final siempre dejan de serlo. Soy muy convincente.
- Ya lo veo... En fin, conozco un sitio cerca de la playa... Me gustaría llevarte para ver el atardecer... -dijo, bajando la cabeza y disminuyendo el tono conforme acababa de hablar.
Yo le hice alzarla y le di un beso.
- Te amo.
- Ya me lo has dicho hoy.
Hice otro puchero y se puso a la defensiva.
- Vale, vale, me callo. Eres demasiado peligrosa haciendo eso.
Me reí.
- ¿Vaciamos la despensa?
- No, no comas conmigo, que parezco un cerdo...
- Cariño, eres el cerdo más bonito del mundo.
- Ah, ¿que hay cerdos bonitos?
Me reí.
- Venga, baja a desayunar -dije, tirando de su brazo.
Me sorprendió cuando me cogió de la cintura y me alzó para que mi cara quedara frente a la suya.
- No puedo creer que estemos juntos. Al fin.
- Yo tampoco me lo creo, Sex Bomb.
- Oye, ahora que lo mencionas, yo te tengo que poner un mote parecido.
- ¿Cómo cuál? -dije, bajándome y saliendo de la habitación.
- ¿Sexy Girl? ¿Hottie Girl? ¿Sweet Girl? ¿Perfect Girl?
- Me gustan todos, pero ese último especialmente.
- Muy bien, entonces Perfect Girl.
Bajamos de nuevo a la cocina y yo le abracé la cintura por detrás.
- Por cierto, cuando empieces a trabajar no te estreses mucho. Te puedes perder todas las cosas bonitas del mundo.
- ¿Cómo...?
- Yo.
- Claro, lo olvidaba -dijo, riéndose-. No te preocupes, de ti nunca me voy a olvidar.
- A no ser que llegues a tener alzéimer.
- Joder... Como cortas el rollo, tía.
- Que no, que me encanta que me digas esas cosas. Si es que eres todo un romántico...
- Tú si que eres una romántica empedernida.
- Culpable -dije, riendo.
Preparamos el desayuno (abundante, por cierto) y nos sentamos a la mesa.
Era increíble la facilidad que teníamos de hablar de temas sin sentido. Cualquier chorrada era suficiente para hacer de ella un tema de conversación que podría durar horas.
Luego, estuvimos todo el día viendo películas, tumbados en el sillón, abrazados.
Él me avisó cuando llegó la hora de irnos a la playa desconocida. Nos arreglamos y salimos en mi coche.
Al llegar, me sorprendió el paisaje. Todo era demasiado hermoso.
- Rob... Esto es increíble -dije.
- Me alegra que te guste. Es uno de mis lugares favoritos.
- Ahora sé por qué.
Andamos por la orilla, descalzos, dejando que el agua nos mojara las piernas. En un momento dado, volvió a cogerme a caballito, y no pude evitar reírme cuando casi se cae.
- Eres algo torpe, ¿no?
- ¿Sólo algo? -dijo, entre risas.
Siempre que estoy contenta me da por cantar. Es algo instintivo. Ese momento fue uno de ellos.
- This time, I wonder what it feels like, to find the one in this life, the one we all dream of, but dreams just aren't enough so I'll be waiting for the real thing...
- ¿Nickelback? -preguntó.
- Sí, ¿no te gustan?
- No están mal, pero es que estás chillando en mi oído, y no me hace mucha gracia. No quiero quedarme sordo. Sería terrible.
- Sí, ¡sobre todo porque no podrías escuchar mi dulce voz! -le grité.
- Como sigas gritando te bajo...
- Vale, pero voy a seguir cantando bajito...
Pareció aceptar esa respuesta, porque siguió caminando sin pararse.
- ...so I'll be holding my own breath, right up to the end until that moment when I find the one that I'll spend forever with...
- ¿Eso va por mí? -preguntó.
- Puede ser...
- Por cierto, ¿aún te vuelven loca los helados y el chocolate?
- ¿Más loca de lo que estoy? Parece imposible, pero sí.
- Genial, porque justo allí... -dijo, señalando a lo lejos una pequeña caseta-... hacen unos helados estupendos.
Me bajé rápidamente de él y empecé a correr hacia la tienda de helados.
- ¡El último limpia la casa durante una semana! -grité.
- ¡Joder! -dijo, riendo.
No nos fijamos en la cámara que nos fotografiaba desde lo lejos...




