
Al día siguiente, cuando desperté, me pareció estar viviendo una experiencia extracorporal. Noté sus brazos a mi alrededor, rodeando mi cintura; su aliento chocando con mi nuca; sus piernas entrelazadas con las mías.
Fue difícil salir de la cama en esa situación, pero había que empezar el día. Al levantarme, él se movió y cambió de posición. Aún seguía dormido. Totalmente desnuda, me encaminé hacia el baño. Noté la debilidad de mis piernas (realmente el tío era bueno).
Me lavé los dientes y la cara, y traté de peinar mi pelo, que se había convertido en una indomable melena de leona (siempre me pasa cuando duermo con el pelo suelto).
Entonces me fijé en las marcas. Aquellas putas marcas. Chupetones en el cuello y alrededor de mis pechos. Cuando se levantase se iba a enterar.
Lo más curioso era que no sentía ninguna vergüenza de haberme acostado con él. Teníamos mucha confianza y ya habíamos compartido hasta el sexo. Habíamos llegado al límite. Y, aunque sólo era placer carnal, había sido increíble, como él había dicho. Ambos sabíamos complacer al otro, sabíamos todas nuestras necesidades. Teníamos una gran compenetración.
El hambre empezó a hacer acto de presencia. Volvía a la habitación y cogí la camiseta de Rob, me puse unas bragas, me hice una coleta y fui a la cocina a preparar el desayuno.
Yo sin música no soy persona, y en ese momento no iba a ser menos. Puse un CD con el volumen bajo (no quería que Rob se despertara), y empecé a hacer los huevos revueltos. Pronto mis caderas empezaron a moverse sin que yo me diera cuenta, y a los pocos segundos ya estaba tarareando y meneando mi cuerpo ligeramente mientras cocinaba.
- ¿Qué haces, Raquel? -preguntó, detrás de mí.
Salté en respuesta. Él empezó a reírse y se acercó a mí.
- ¿No sabes avisar? Menudo susto me has dado...
- Perdona, es que te he visto hacer el payaso y quería burlarme un poco.
- Ja, ja -me reí sarcásticamente.
Se había puesto sus pantalones y nada más. Iba descalzo y sin camiseta. Normal, la tenía yo.
- Mira dónde estaba. La he estado buscando -dijo.
- Oh, perdón, pensé que no te importaría.
- No te preocupes. No me la iba a poner.
- Espero no haberte despertado con la música. ¿Quieres desayunar?
- Estaría genial, gracias. Además, huele estupendamente. Y no, no me has despertado.
- Por cierto -dije, enseñándole mi cuello-. ¿Estás seguro de que no eres un vampiro?
Él se empezó a reír.
- ¿Estás segura de que no eres una vampiresa? -preguntó, mostrándome la zona de su yugular. Un enorme chupetón había formado allí su casa.
- Joder... Bueno... No lo sabía...
- Ya -dijo, riéndose.
Yo también me reí. Me di cuenta de que había algo en mí que no deseaba que todo eso acabase. No quería que fuera sólo una noche. Quería que fueran todas. Alejé esos pensamientos de mi mente y seguí cocinando. Hice huevos revueltos y bacon, tostadas, exprimí zumo y puse una cafetera.
Desayunamos juntos, uno enfrente del otro. En el momento no me daba cuenta, pero luego me ponía a pensar y siempre que estaba con él acababa con dolor de mandíbula. Era un tío divertidísimo, sarcástico y sencillo, con el que se podía hablar de todo. Aunque seguía hablando con la boca llena.
- ¿Hoy tienes que trabajar? -pregunté.
- No, tengo un par de días libres antes de empezar a rodar.
- Puedes quedarte aquí si quieres, pero yo sí tengo que irme.
- ¿Al musical? ¿Qué tal va?
- Bien. Estoy muy contenta. Todos creemos que va a salir estupendamente.
- Iré al estreno -dijo, sonriendo.
- No es necesario.
- En serio, quiero ir. Será divertido ver cómo te equivocas en medio del escenario.
Le miré con odio fingido.
- No me equivocaré, no te preocupes.
Me levanté de la silla y empecé a recoger los platos. Él me cogió del brazo y me apartó.
- No, me encargo yo. Encima que me has hecho el desayuno...
- Rob, de verdad, no hace falta...
- Mira que eres cabezota. Además, te tienes que ir.
- Gracias -dije, dándole un beso en la mejilla.
- Si me vas a dar un beso, dámelo bien -repuso.
Yo sonreí y le besé. Fue rápido y dulce. Un pico. Subí las escaleras y volví al baño para ducharme.
Esa noche habíamos aclarado un tema que me preocupaba. No sabía si tenía novia. O si le interesaba alguien. Estaba soltero. Él me preguntó lo mismo, y le di la misma respuesta.
Mientras el agua caía sobre mi cuerpo, recordé a Vanesa. Sus palabras y la forma en la que me sacaba de quicio. La muy cabrona tenía razón. En lo de Sex Bomb, en lo de que me gustaba no. Estaba claro. O eso creía...
me encantaaaa... ojala continues pronto.
ResponderEliminarSaluditos